Crónica de un bautismo en el Trail Running Montehermoso
El pasado domingo 29 de marzo tuvo
lugar el III Trail Running en Montehermoso (Cáceres) cuya salida y llegada
tendrían lugar en el Parque del Príncipe de dicho pueblo.
La distancia, al menos en cartel, era
de 16 km. Aunque controlado mi cuenta decía que se trataban de 18,8 km (más
gratificante aún).
Decidí participar después de semanas
de marear a mi gente que en general me decían que me dejase de locuras pues eso
sería muy difícil. Veía el cartel por todos lados: salía a hacer la compra y
allí lo tenía junto al escaparate; iba a tomar algo y también; acudía cada
tarde al cole y allí que me lo encontraba. Cada día me venía el “run run” en mi
cabeza que me indicaba que debía apuntarme y vivir la experiencia y más por ser
en mi pueblo natal y donde llevo viviendo toda mi vida que me apetecía.
Cierto es que a la vez afloraban en
mi cabezota las neuronas de la sensatez que decían: sabes que no estás
preparada y no deberías. Pero, al mismo tiempo, luchaban con las neuronas
“loquis” que les respondían que ellas que sabían, que por qué no vivir un
momento así y sumarlo a la mochila que lleva acuesta para guardar los buenos y
únicos momentos. Y es que, siendo sensata conmigo misma, sabía que supondría un
palizón por la falta de costumbre. Pero
sería grato, eso sin duda.
Y así sucedió en repetidos días, que
yo seguí saliendo a correr con relativa frecuencia y continué con mis rutinas y
quehaceres.
Hasta que a última hora, casi límite,
decidimos apuntarnos y retarnos para ver si lograríamos terminarla. Pues ya
había visto el día previo al viernes casi el tramo completo junto a mi compi
Mari (la tercera en su categoría, senior) que tuvo la paciencia de mostrármelo
para advertirme de dónde me metía.
Y llegó el domingo. Día de
enfrentarse al reto. Mi cuerpo estaba agotado por la falta de descanso. Eran
las 8:00 de la mañana pero sabía que no sería capaz de dormir ni un minuto más.
Así que me dispuse a levantarme de la cama para acomodarme con mi ropa para el
día y mis zapatillas favoritas, las Mizuno lilas que recibí por mi cumple,
concretamente por mis 30 ;))).
Todo esto mientras en mi cabeza
rondaba la idea de si tal vez debía retirarme y dejar la idea a un lado hasta
la próxima cuando estuviese un poco preparada y pudiese resultar más sencillo.
Pero no, yo no soy de retirarme una vez que doy el paso en algo, sea lo que
sea. Así que, para el parque que me fui. Allí estaba este bonito lugar lleno de
corredores y corredoras que pululaban por sus alrededores haciendo los
correspondientes estiramientos y realizando sus calentamientos. Supongo que
como cada día antes de sus trotes. Pero este día era especial. Al menos para
mí. Este domingo último de marzo de 2015.
Primero entramos, hablo en plural
todo el rato porque en todo momento fuimos dos, Alberto y yo, los que nos
aventuramos a esta experiencia que sabíamos que recordaríamos con una enorme
sonrisa. Nos dirigimos hacia la Casa de Cultura, concretamente hacia la mesa
donde se recogían los dorsales y allí fue donde descubrimos que nuestros
números eran el 314 y 268, respectivamente. Cifras que no nos desagradaron en
ningún momento.
Después, nos dirigimos a echar unos
trotes suaves para ir dando temperatura a nuestros músculos y prepararlos para
lo que se les venía, jejeje. Para ello, dimos unas vueltas por la zona sin
alejarnos demasiado, ya que, no faltaban más de media hora para que tuviese
comienzo. Una vez que creíamos que estaban medio acorde, caminamos hasta el
arco de meta por donde anduvimos de “pre-charleta” con algunos de los que
conocíamos y para receptivamente desearles y desearnos disfrutar de las
siguientes horas y de los paisajes que nos esperaban en ese día tan soleado y
de lo más apetecible que se presentó.
Y sonó el aviso por el micro. Aviso
que indicaba que debían pasar revisión de nuestros dorsales para saber cuántos
se habían rajado y cuántos seguían adelante con el disfrute del día. Allí
estábamos todos los valientes dejándonos revisar el número que nos había sido asignado.
Una vez finalizada la revisión, ya estábamos autorizados para correr por los
paisajes montehermoseños con el cuenta principal encendido.
Llegó el momento. Tocaba ponerse en
la línea de meta. Allí nos mirábamos unos a otros, con caras de alegría por el
gran rato que íbamos a pasar.
Sonó el pitido del silbato. Allá nos
pusimos en movimiento todos los participantes moviendo nuestras piernas cada
cual al ritmo que buenamente podía.
Íbamos más o menos por el medio de la
aglomeración de corredores. Pero ahí comenzamos a ser adelantados. Primero
fueron los pocos chicos que había más atrás de nosotros. Unos metros más
avanzados ya arrancaron varias de las chicas que nos veían las espaldas. Y ahí
seguíamos nosotros sin apurar, a nuestro ritmillo (lento pero constante) el
cual esperaríamos mantener.
Llegamos al cementerio y nos
adentramos en la “peazo” dehesa que tenemos en Montehermoso. Ahí nos dimos
cuenta de que no había marcha atrás. Algunos se dirigieron del cementerio hacia
la derecha desde su puerta, lo que nos hizo intuir que no nos acompañarían en
los próximos minutos de aventura. Al ver esto, mi compi de faena y yo
comentamos si tal vez sería una buena opción optar por realizar la misma
acción. Pero no, dirigimos la vista al frente y no nos temblaron las piernas
para tener claro que allí habíamos ido a correr y que era lo que más nos
apetecía.
Empezaron los saltos a pequeños
obstáculos: piedras, heces, ramas con espinos… mis primeros rasguños. El camino
perdía la línea recta y se convertía en diminutas veredas por las que teníamos
que pasar de manera individual. Ya en la primera que encontramos fue cuando
comenzaron a pasarnos las cuatro únicas personas que venían pisándonos los
talones sin contar al escoba que sería nuestro acompañante para animarnos
durante toda la carrera. Todo esto sin dejar de nombrar a mi auténtico animador
que es el que seguiría mi ritmo y frenaría a cada rato para ser mi aliento por
todo el recorrido.
Pasaban los 4,5 km y ya casi
llegábamos al primer avituallamiento donde bebimos un vaso de agua, echamos una
“parlada” rápida sobre cómo iba todo y continuamos. Las sensaciones fueron
cambiando conforme fueron transcurriendo los kilómetros y el intenso dolor de
rodilla que tenía, y que me había resentido ya en los días previos, se iba
acentuando más y más. Haciéndome casi arrastras la pierna izquierda más que dar
zancadas que me permitiesen avanzar un poco más llevaderamente. Esto fue lo
único que en algún momento me hizo pensar si tal vez debía rendirme con mi
objetivo de ese día.
Fue desde ahí cuando no paré de
preguntar a nuestro escoba cada X ratos cómo iba transcurriendo todo, si creía
que daría tiempo de finalizar en el tiempo máximo establecido tal y como notaba
sentir la pierna, … en fin, también por llevar un poco de “caraba” en la
carrera y al que le agradezco por su paciencia.
Y llegó el momento, vimos a los
antepenúltimos voluntarios; siguiendo al penúltimo que nos diría que ya era
hora, jejeje.; terminando por ver que ya estaba el cementerio a lo lejos, pero
qué lejos lo veía, pensaba que ya no sería capaz de alcanzarlo. Obviamente,
esto último no sucedió. Arrancamos, con un trote suave y dando el último
aliento que me quedaría, hacia las puertas del parque por la que tendríamos que
entrar. Así sucedió, entramos por ella y comenzamos a oír las voces de ánimo,
de aviso de que llegábamos y tras rodear el tramo de parque que debíamos para
cumplir con el recorrido pretendido. Allí estaban todos esperando y el
arco
amarillo el cual tendríamos que cruzar para dar por finalizado nuestro paseo.
Alberto me sujetó la mano y las entrelazamos, sintiéndonos orgullosos por haber
llegado hasta allí. ¡Lo habíamos logrado!
Cierto es que habíamos quemado el
cuenta, ya que, los minutos que echamos para ello no eran, aparentemente, para
sentirse orgullosos. Sin embargo, así era. Nos sentimos satisfechos por haber
llegado a meta. Estábamos muy contentos con haber podido llegar y haber pasado
este Domingo de Ramos haciendo una actividad que nos apasiona y por haber sido
unos valientes.
Nos fuimos a duchar, cambiarnos y
salimos el resto del día con algunos de los amigos para disfrutar de un gran y
completo día. Ahora ya, pensando en la siguiente carrera, que será en breve.
;)))
Moraleja: Nunca dejes de hacer lo que deseas por difícil que
parezca y siente cada experiencia como única e irrepetible.




Pedazo valiente! Enhorabuena Sara!
ResponderEliminarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarGracias. Ya pensando en las siguientes ;)))
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